Jose Luis Sampedro: “La vida no hay quien la pare”

Entrevista de Isaías Lafuente a José Luis Sampedro en La SER.

Siéntense, pónganse los auriculares, (es importante abstraerse de otras cuestiones y sentir a Sampedro cerca, la voz es más ténue que la del entrevistador) y disfruten del concepto de la vida de un hombre elegante y sabio.

Entrevista Sampedro.

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Un sábado emocionante.

EL pasado sábado 3 de marzo se celebró el Día de la percusión de Navarra en el auditorio del nuevo Conservatorio Superior de Música de Navarra, un día pleno de actividades ofrecidas por antiguos alumnos del Conservatorio Profesional y por alumnos de percusión de más de 15 escuelas de música de toda Navarra. Un día verdaderamente emocionante. Hace 25 años, el responsable de este sábado, Aurelio Zabalegui, y yo íbamos a Donosti en un 2 caballos amarillo y descapotable, que no tiraba nada, envueltos en una felicidad tan grande que incluso cuando en primavera hacía bueno, le quitábamos la capota…, y aunque todavía tirase menos, a 80 km/h. nos sentíamos más cojonudos que Thelma y Louise. Por aquel entonces había que irse de Navarra para poder estudiar entre tambores y marimbas.

El sábado fue un día emocionante, ver por segundo año consecutivo (el primero fue en Estella de la mano de Jesús Prades) la evolución de todos estos años aglutinada en un auditorio con más de 500 personas felices y extraordinariamente ilusionadas, el disfrute de todos, padres, familiares, amigos, alumnos, profesores…, y la emoción de unos locos que por aquellos años 80 decidimos irnos a ver qué futuro nos deparaba una dedicación sentida y comprometida entre tambores, Enrique, Rafa, Txus, Dani, Pablo… no creo que me deje a nadie… unos locos y afortunados románticos a los que hoy en día los tambores nos han dado una oportunidad en esta vida.

Un pequeño reproche para ese día, y concretamente para los profesores, hay un aprecio suficiente para insistir en esto de forma amable. La actividad ofrecida el sábado, como ocurre con la inmensa mayoría de los festivales, conciertos, actividades, convenciones… a las que mi trabajo me ha permitido asistir en toda España y en más de 15 países en el mundo, siempre queda cerrada a la gente propia de la percusión, familiares y amigos, alumnos y profesores. Siempre he dicho que cuando empezamos en Donosti en 1986, si preguntabas en la Estafeta a 10 personas qué era una marimba, ni una sola te contestaría; hoy, más de 25 años después, y después de esos excepcionales días y tanto trabajo, seguimos en una situación similar. Es una cuestión que todavía queda pendiente, popularizar y abrir este mundo extraordinario, y conviene insistir en ello.

Mi sábado terminó sin poder despedirme de muchos, a pocos metros y en otro auditorio, disfrutando de Andrés Suárez (excepcional) y de Pablo Milanés (sin palabras), con las emociones in crescendo de forma muy sentida. Ojalá ambos auditorios sigan ofreciéndonos oportunidades tan excepcionales, uno para no acabar considerándolo otro lamentable dispendio público a los que últimamente tan acostumbrados nos tienen, y el otro, para que pueda seguir cumpliendo con una función de difusión cultural independiente y alternativa a los dictados de este Gobierno, algo imprescindible en estos tiempos. Suerte a ambos auditorios y gracias a todos lo que hicieron de ese día un verdadero tiempo de disfrute.

Iñaki Sebastián

Percusionista. Fabricante y creador de sonidos.
Carta publicada en el Diario de Noticias el 6 de Marzo de 2012

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La evidente satisfacción de que las cosas están donde quieren…

¿Se puede saber el motivo por el que las ministras del nuevo gobierno tienen esa expresión después de avanzar la nueva reforma laboral? Su expresión en esta foto al acabar la rueda de prensa y la expresión que tenían al iniciarla (http://bit.ly/wevUB0) es vergonzante. Como se puede ver, es una actitud, no es una imagen puntual de un momento concreto.

La explicación a tanta satisfacción en sus rostros es sencilla, es la indecencia que, aunque se intuía porque nos lo han “avanzado” a micrófono descubierto, se confirma y se expone con la desvergüenza que dan sus gestos y sobre todo un soberbio sentir de que pueden permitirse semejantes gestos; gestos, sonrisas que delatan la sentida satisfacción de los deberes “bien” hechos, de sus intenciones perfectamente premeditadas y justificadas ante el asombro y el desconcierto de una sociedad que se antoja atemorizada y francamente decepcionante (llevamos casi 4 años de saqueos sin atisbo de una respuesta seria y con una posibilidad de pararles).

Después de avanzar una reforma laboral que ellos mismos consideran va a provocar una respuesta popular con una huelga general, con el país en una situación verdaderamente dramática para cada vez un número mayor de gente, con unas perspectivas que ellos mismos se han encargado de dejar claro que van a ser durísimas, nulas este año (el miedo, habitual y triste herramienta de los gerifaltes)…, con todo eso… ellas sonríen, sonríen y muestran una satisfacción insultante y provocadora. Despreciables ellas en sus formas y en su manera de sentir las consecuencias que su reforma va a tener sobre una parte importante de la ciudadanía, ese populacho a quien encarecida y miserablemente pidieron su voto hace tan sólo unos meses, para así poder mostrarles después su excepcional capacidad de sonreír mientras preparan satisfechas y a mandíbula batiente la estrategia de estos próximos cuatro años, esperando así sean plenamente satisfactorios para los intereses de quienes han diseñado esta masacre económica y social que dura ya casi 4 años, esos para quienes ellas trabajan tan sonrientes y fieles, rindiéndose a sus decretos sin rubor, a cambio de las prebendas establecidas y que ansiosas esperarán en su momento.

Como puede verse en esta imagen y en los primeros segundos del video, la desvergüenza en su actitud y su particular sentido de la responsabilidad, provocan la nausea y la repugnancia, la repulsión más absoluta. La indignidad y la suficiencia de poder exhibir esa indignidad sin tapujos (algo que todavía considero peor) nos va a gobernar los próximos cuatro años.

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El concepto de arte, de artista…

El concepto de arte, de artista…

Siempre me ha provocado un importante reparo hablar de estos términos. El hecho de definirse o de definir un hecho como “artista” o “artístico” implica una necesaria diferenciación con una parte importante del resto, con los demás, con los que no son o nunca han pretendido ser artistas.
Conozco tanta gente excepcionalmente mediocre que se autodefine como artista o que califica de artístico lo que hace, que la palabra me da verdadero pudor. A priori, no me interesa especialmente, no pretendo provocar una reflexión sobre los requisitos para considerar un hecho como artístico, no busco nada más que formas de expresarme y de comunicarme, a través de ideas, de amigos, de búsquedas, de necesidades. Búsquedas de caminos para satisfacer cierta querencia por expresarme, por comunicarme, por entender, por compartir.

Por eso, el concepto de comunicación es para mí mucho más cercano y sobre todo menos arriesgado o pretencioso que el concepto de arte o de artístico; además, define mucho mejor mis pretensiones y mis necesidades. Es lo que, fundamental e ineludiblemente, pretende todo artista y todo hecho artístico, comunicarse, comunicar. Pero a su vez, comunicarse es lo que hace absolutamente todo el mundo de forma natural y diaria, sin que por ello podamos entonces crear diferenciación alguna en lo que es un hecho natural y universal, un hecho que todo el mundo sabe y necesita hacer de una u otra forma.
Podremos entrar en diversos niveles de profundidad, de reflexión, de madurez o de compromiso en la comunicación, en la búsqueda de comunicaciones más inteligentes, meditadas, trabajadas, o estudiadas, entre interlocutores más o menos exigentes y/o capaces…, pero no por eso podremos pensar que vayan a tener más valor que la comunicación básica e imprescindible entre, por ejemplo, los mineros encerrados a 700 metros de profundidad en Chile durante meses. El ejercicio de la comunicación no establece diferenciación alguna, nos pone a todos en un  mismo nivel, y me gusta dar esta importancia a este concepto de comunicación, porque esta evidente igualdad me sirve para quitar importancia a ese concepto de arte diferenciador y banal que a menudo nos tratan de ofrecer de forma realmente desafortunada. El arte, entonces, podría quizá entenderse tan sólo como un medio más para buscar lo imprescindible: expresarse para llegar a comunicarse de la forma más satisfactoria posible.

Hablamos de, a través de esa necesidad de comunicación, alcanzar un excepcional sentido y disfrute de la complicidad, del sentido de ofrecer y de compartir. Ese es el mayor valor en sí mismo de cualquier ejercicio de comunicación. Y tal experiencia no es únicamente patrimonio del “artista” o del concepto de “arte” que se nos vende a diario; afortunadamente, esa es una experiencia universal y extraordinariamente cotidiana. Un hecho simple y verdaderamente grandioso.

Creo que es importante plantearse más unas necesidades, unas formas, unos gestos y una búsqueda del ejercicio de la comunicación como compromiso básico y fundamental para un crecimiento y una evolución personal, que la búsqueda de un mero hecho creador diferenciador con la severa y en ocasiones pretenciosa intención de poder llamarlo arte. Quizá así, desde una exquisita sencillez y desde un trabajo comprometido y concienzudo buscando formas para tratar de hacernos entender, lo que hagamos con gran dedicación en el tiempo, algunos puedan llegar a considerarlo seriamente, como algo cercano a un hecho considerable, diferenciador y destacable.

Y hasta quizá artístico…

Llegados a este punto, sería una estupidez por mi parte negar un sentido y una ancestral necesidad creativa y artística en el ser humano. Lo que pretendo plantear en este texto, no es más que un camino para reflexionar y para quizá plantear e incidir en una forma de búsqueda en la creación, en la ejecución y en el disfrute de ese hecho expresivo, sin ignorar la vital importancia de buscar la necesidad de comunicación entre los implicados.

A través del ejercicio de ensalzar la comunicación, incluso, como se puede ver, se puede llegar a banalizar un concepto superficial de arte o de artístico (en algunos casos sería muy deseable). Una reflexión más a la hora de plantearnos nuestras necesidades y quizá una forma de profundizar en ellas para crecer y mejorar nuestro trabajo.

Hace ya un tiempo que me planteo el ejercicio y el planteamiento de la comunicación como base fundamental de cualquier necesidad expresiva (artística). La ausencia de una búsqueda comprometida por tratar de encontrar vías para provocar ese gesto de comunicación entre las partes, reduce considerablemente las posibilidades de cualquier hecho creador.

 

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Los ojos de María

La semana pasada, estuve visitando la exposición de Antonio López en el museo Thyssen Bornemisza. Hacía tiempo que pensaba en la posibilidad de organizar el viaje, me apetecía mucho ver esta exposición, era la excusa perfecta para bajar a Madrid y pasar un par de días con dos amigos que son muy queridos.

El caso es que he de decir que, aunque en cierta forma la exposición me había generado mayores expectativas, sentí una gran atracción con algunas obras puntuales que se mostraban; la emoción justifico el viaje, el encuentro con los amigos, también.

Conocía algún trabajo del pintor, aunque siempre me sedujo de forma más especial la persona, esa imagen introvertida de la que con facilidad podemos intuir una soberbia honradez, la mesura de quien mediante un trabajo extraordinariamente minucioso en su forma y en ocasiones brutal en sus consecuencias (en algunas obras sólo definitivas de momento), es capaz de abrumar de forma muy profunda.

María fue una emoción larga y sentida. Los ojos de una niña de 10 años, esa mirada, y la mano de un padre, imagino con emoción profundísima y serena; una punta de carbón entre los dedos, el tacto del papel … elementos simples y tan rotundos puestos en un contexto concreto para provocar un ejercicio de complicidad y de amor emocionante, sublime.

Un viaje y una mañana de pretendidas emociones encontradas en esos ojos hipnotizadores.

¿Cómo hay que llegar a querer a alguien; cómo, en la forma, se puede llegar a querer a alguien en ese día a día compartido, para que con solo 10 años, pueda llegar a  transmitirse una mirada así, con ese aplomo, esa rotundidad, esa serenidad, esa complicidad de modelo seria, quieta, callada, orgullosa de lo que con su padre compartía?
Un simple trozo de carbón en la mano de alguien con la capacidad de provocar esa mirada, esos 10 años imagino plenos de momentos y sobre todo de amor, amor traducido y dibujado en esos ojos de forma veraz;  amor generoso, amable, rotundo, ofrecido desde los leves movimientos de un lápiz compañero, amor que se muestra compartido y ya en esos ojos se siente eterno.

Traje conmigo una de sus 150 “Marías” (una de las 150 estampaciones digitales registradas, limitadas y firmadas por el autor, la nº 23), un privilegio para en ocasiones tener la oportunidad de imaginar, pensar, meditar sobre lo que debe haber en el interior de un hombre para provocar semejante muestra de sensibilidad.

Los ojos de María, la intención de representar y fijar el cuadro en esos ojos, porque ni siquiera las manos importaban para la complicidad del momento…  (en el cuadro completo, cortadas, apenas son unos simples trazos); imagino continuas miradas entre modelo y pintor, entre hija y padre, silencio y tiempo cómplice … amor en blanco y negro, lejano y presente, eterno ya en ese dibujo, trazo elegante de básico carbón negro y profundo hecho sentimiento desde la sensibilidad de un hombre que justificó un viaje a Madrid y esta mañana de letras y sentimientos.

P.D. Cuando escribí este post, no era consciente de que Antonio López estuviese tan dispuesto a aceptar pintar los encargos de políticos de alta alcurnia a cuenta del dinero público, 190.000€ por el retrato de Álvarez Cascos, además de algunas otras obras más encargadas con dinero público de cuantías muy superiores … No sé, está en su derecho, no faltaba más, es su caché… pero algo hay que no puedo evitar que me chirríe …

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BIUTIFUL y la Web 2.0

BIUTIFUL y la Web 2.0

He estado viendo “Biutiful” en el día de su estreno, una película esperadísima por mi parte. Iñárritu nunca me deja indiferente, es duro, durísimo ver sus películas, consigue aplacarte contra la butaca, pero está claro que es lo que pretende; sentimientos, dolor, situaciones límite que bordean lo irreal, amor, necesidades…  además de mostrar en esta última determinadas realidades tan cercanas como terribles de este mundo que cada día siento más complejo, vertiginoso y de oscuro e incierto futuro.
Es la primera vez, de sus películas que he visto (me falta la primera, “Detrás del dinero”), en la que la trama es convencional. Poesía en unos mirlos volando, la muerte vista y sentida por un mexicano (los mexicanos tiene un excepcional y particular concepto de la muerte, una relación con ella que implica una naturalidad en sí misma excepcional, lean a Jaime Sabines), la muerte en vida y la muerte vivida al final, expresada en el paraíso blanco más bello que jamás he visto. Iñárritu nos da siempre motivos para la esperanza, finales que nos permiten respirar, después de dos horas y media largas de sentimientos, de dramas, de dureza no gratuita y de vidas luchadas y peleadas a dentelladas, cada día, a cada rato, en cada película suya.

Acabo de hacer un curso para optimizar las posibilidades de mi pequeña empresa en lo que ahora se llama Web 2.0, un nuevo mundo lleno de reales posibilidades para la comunicación, optimización de la publicidad, de captación de posibles clientes, de maravillas tecnológicas vendidas de una forma realmente profesional y seductora, y que además, está demostrado, funcionan. Twitter, Facebook, Foursquare, Linkedin, Youtube Twenty, Google Analytics…
La tecnología, el peso de la seducción ya absolutamente impositora de la imagen y la pantalla, expresada con elocuencia por César Antonio Molina en el texto anterior .
El profesor nos quiso vender este “paquete maravilloso” de innumerables formas, y dio algunas clases de pragmatismo empresarial ciertamente acertadas, pero hay una cuestión que me chirría, me provoca un cierto desconcierto, “Internet nos hará libres” dice él en el encabezamiento de su blog. Ya en la primera clase, me provocó una reacción de rechazo, y me planteaba desde el inicio: “Realmente… ¿A quiénes?” Está claro que no a todos, y, además, ¿Se entiende por libertad la imperiosa necesidad de emplear toneladas de tiempo en cuestiones que por muchos resultados que den, implacablemente nos van a esclavizar más?

Realmente me siento como Usmán, el protagonista de la película de Iñárritu, acorralado por unas circunstancias de las que absolutamente ya no puede escapar, y que, sin compartir lo que hace (sobrevive con una trata de inmigrantes sin papeles), se resigna y lo acepta para vivir y sacar adelante a sus 2 hijos. No tengo una situación tan desesperada, pero siento en cierta forma mis circunstancias también imperiosa, extraordinaria y mezquinamente preparadas para “organizarnos” nuestras vidas (foursquare llegará en un futuro a localizarnos continuamente con nuestros móviles). Supongo que tendré que pasar por el aro, como Usmán, está cada vez más complicado eso de luchar contra el sistema, pero que no me vengan vendiendo motos para tratar de convencerme de “las ventajas de las redes sociales y la Web 2.0” aplicadas a una empresa, especialmente porque, para que estas redes sociales tengan una funcionalidad empresarial y una rentabilidad, es necesario que millones de personas sientan la necesidad de crear y de poner en un perfil sus gustos, preferencias, informaciones personales y demás cuestiones que hagan útil para las empresas todos esos datos e informaciones. Realmente o socialmente, como prefieran, en mi opinión un sorprendente despropósito (me quedo con César Antonio) utilizado de una forma absoluta, excepcional y pavorosamente profesional.

Es fácil acusar a Iñárritu de tremendista, la película apenas tiene algún momento de respiro, hasta llegar a ese paraíso blanco, pero cito textualmente cómo justificaba la dureza de la película su autor:

“Cuando se habla de que esta película quizá habla demasiado de la miserabilidad, yo no entiendo o no puedo…, no puedo yo “pasteurizar” un tema que contiene estos grados de tragedia y de dolor y de realidad, y que la gente se niega… a mirar”

No sé yo si Internet y muy especialmente el mundo de las redes sociales nos hará más libres, no lo creo realmente, pero sí mucho más insensibles, lamentablemente pegados a una pantalla; la insensibilidad creciendo a niveles insospechados de forma galopante.
Esto es lo que más puedo reprochar del curso que di y a su profesor, en ningún caso se habló o se planteo las posibles consecuencias negativas de semejantes y vertiginosos cambios, pero claro, ¿Cómo iba a plantear este tipo de cuestiones un profesor que presumía de haber escrito un twit a “Gallina Blanca” para agradecer sus sopas porque estaba resfriado… y se quedaba encantado de que le contestaran recomendándole sus “sopas de la abuela”? Bueno, pues el profesor en cuestión ha sido recientemente Director de Nuevas Tecnologías del Gobierno de navarra …

De todas formas, a pesar de provocarme una reflexión que me invita a ser extraordinariamente prudente con estas cosas (especialmente con el uso en los niños y/o adolescentes, mi expareja tiene un niño de 7 años) el curso fue práctico a nivel empresarial,  y evidentemente me abre unas expectativas para mi empresa que no conocía, además de un debate interno que trataré de llevar de aquí en adelante.

(El post fue escrito en Noviembre de 2010)

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La cultura sin cultura

Como músico, sensible con las necesidades de expresión y de comunicación personal, lo que digamos se ha venido generalmente denominando cultura,  quiero compartir este análisis de realidad que nos ofrece César Ántonio Molina.

TRIBUNA: CÉSAR ANTONIO MOLINA
La cultura sin cultura
Los males que acucian hoy a la cultura universal son el consumismo, su conversión en mercancía. El poder de la inteligencia ha sido sustituido por el de los medios de comunicación. Todo es espectáculo…

Cuando se acaba de leer La cultura-mundo, de Gilles Lipovetsky y Jean Serroy (Anagrama 2010, traducción de Promoteo-Moya), la desazón es terrible. Y lo es no por lo que se cuenta, ya sabido, sino por la constatación documental y fehaciente de los males que acucian hoy a la cultura. No a la cultura de uno u otro país, sino a la cultura universal invadida por la industria y el consumismo y cada vez más ajena a su función secular de explicar y entender el mundo. Una cultura sometida a los gustos del público y destinada al éxito inmediato, al consumo como una mercancía más. El lector transformado en consumidor mientras, el creador, el escritor o el artista, en simple productor de servicios.
La cultura humanista está hoy abandonada por jóvenes entregados al becerro de oro de las redes de comunicación. Cualquier respuesta la obtienen -o creen obtenerla- allí, en el poder cada vez mayor de la información sobre el conocimiento. O, si se prefiere, en el poder cada vez mayor de la economía sobre la cultura. Las industrias de lo imaginario, del entretenimiento, se alzan sobre los valores del espíritu, la meditación, la reflexión. Lo útil sobre lo inútil. La cultura se convierte en industria, en la forma de un complejo mediático-comercial que es el motor del crecimiento de las naciones desarrolladas.El desencanto de la vida intelectual es cada vez mayor, se nos dice. El valor de la cultura ha sufrido en las últimas décadas una depreciación irrecuperable, los grandes maestros han desaparecido (Foucault ya lo avisó), las grandes obras están solo en el pasado y un amplio sector de la vida intelectual se ha entregado al funcionariado universitario y a la comercialización. Hoy en día, la pérdida del peso que tenían las obras literarias, artísticas o filosóficas en la esfera pública es una triste realidad.
El poder de la inteligencia ha sido sustituido por el poder de los medios de comunicación que fabrican más celebridades que los círculos de eruditos e intelectuales. Celebridades que opinan desde su incultura como si fueran sabios. Hoy se escucha más a un cantante, a un deportista, o a una estrella del star-system que a un intelectual. Así lo explican los autores, Lipovetsky y Serroy: “Desacralización del mundo de las ideas, eclipse de los guías del espíritu humano, desaparición del poder intelectual”. El consumidor no ha gozado jamás de tanta libertad y tanta oferta para consumir productos efímeros, y si antes la cultura proporcionaba conocimientos imperecederos, hoy día la “incertidumbre” y la “desorientación” son los sentimientos que invaden nuestro mundo democrático en una transformación de dimensiones jamás sospechadas: familia, identidad sexual, educación, moda, tecnologías, alimentación.
Las exportaciones de la industria cinematográfica, audiovisual, editorial, los beneficios derivados de la enseñanza de las grandes lenguas, producen hoy tantos ingresos como cualquier otra industria. Y esos beneficios también conllevan mutaciones en la cultura. Al prestigio se le opone la rentabilidad; a la reflexión, la facilidad. El peso económico en la cultura la distorsiona, la infantiliza, la empobrece. El mundo hipermoderno, tal como lo estudian estos dos autores, está organizado alrededor de cuatro polos estructuradores que configuran la fisonomía de los nuevos tiempos: hipercapitalismo, hipertecnificación, hiperindividualismo y el hiperconsumo. Es decir, la fuerza motriz de la globalización económica, la universalización técnica, la respuesta del individuo frente a la masificación y universalización y, finalmente, el hedonismo comercial como felicidad.
En medio de esta cultura sin fronteras se alza la sociedad universal de consumidores, cada vez más anónimos, más satisfechos, más alienados. La cultura va perdiendo batallas y también la política. De ello se deriva el escepticismo y desconfianza hacia los políticos, el descenso de la militancia y la confusión de las identidades ideológicas. Internet es un peligro para el vínculo social, añaden los autores de La cultura-mundo, en la medida en que, en el ciberespacio, los individuos se comunican continuamente, pero se ven cada vez menos. En esta era digital los individuos llevan una vida abstracta e informatizada, en vez de tener experiencias juntos quedan enclaustrados por las nuevas tecnologías.
Al mismo tiempo, mientras el cuerpo deja de ser el asidero real de la vida, se forma un universo descorporeizado, desensualizado, desrealizado: el de las pantallas y los contactos informáticos. Lipovetsky y Serroy, por cierto, con dos años de anticipación, resumían perfectamente la espeluznante película de David Fincher La red social,basada en la invención de Facebook, un fenómeno social tan revolucionario como inquietante.
Fue la Escuela de Fráncfort la primera que habló, hace más de medio siglo, de industria cultural, refiriéndose a la reproducibilidad de las obras de arte destinadas a un mercado de mayor consumo. Adorno y Horkheimer ya nos previnieron de los males de la cultura masificada, aunque no se imaginaron los extremos sin retorno a los que llegaríamos. Aquella alarma se ha convertido hoy en una gran amenaza y, cada vez más, la cultura revolucionaria de creación que desprecia el mercado está siendo devorada inmisericorde por la cultura industrial, menos exigente, más accesible, menos elitista, más divertida, evasiva y conformista.
En una civilización así, ¿qué queda de los ideales humanistas sobre los que se levantó la cultura occidental? ¿Qué clase de ser humano producirá esta nueva civilización? Elhomo sapiens se ha transformado en pantalicus, absorbido por la televisión, por las pantallas de los ordenadores. El mundo existe por las imágenes que aparecen en la pantalla y los individuos lo conocen tal como se deja ver. La televisión cambia el mundo: el mundo político, la publicidad, el ocio, el mundo de la cultura. Hoy no existe más que lo que se ve en televisión, lo que ve la masa, lo que todos comparten. Es el triunfo de la sociedad de la imagen y sus poderes.
Frente a la oralidad, frente a la escritura, frente al pensamiento, la imagen aparece como un tótem absoluto. Y, mientras tanto, los escritores, los intelectuales, los artistas negociando sus derechos de autor a través de los agentes -exactamente como en la industria del espectáculo- y empujándose para estar en las listas de los más vendidos, que ya no son por fuerza los mejores. Un libro vendido equivale a un votante. Éxito, superventas, récords, firmas masivas: lo que no se vende ya no puede ser bueno. Las obras de arte acaban en las subastas, en el mercado más escandaloso, vulgar. Todo es ya espectáculo. Los museos-espectáculo, elevados al rango de objeto turístico de masas, semejan tan solo hipermercados apenas más refinados. Los museos, antes lugares de recogimiento, son hoy espacios para el bullicio y el aturdido turismo cultural. Las obras de los museos no se contemplan, se consumen. Hay un dato interesante aportado en La cultura-mundo: según una encuesta, un visitante medio pasa entre 15 y 40 segundos mirando El rapto de las sabinas de David; entre cinco y nueve segundos, La gran odalisca de Ingres. ¿Cuántos ante Las meninas o El Guernica? Y ante esa visión relámpago ¿qué conocimiento obtendrán? Sin embargo, los museos hoy solo son relevantes por el merchandising adquirido en sus tiendas.
¿Cómo salvarnos? Estoy absolutamente de acuerdo con la solución que dan los dos filósofos: solo la educación está a la altura del problema. Pero escuela y universidad no funcionan. ¿Es aún una tarea posible? La cultura, como valor espiritual, según aprendimos de Valéry, está en vías de extinción, destronada por la industria, el consumo y la mal llamada cultura mediática. Hoy, la lectura, y lo sé por mi propia experiencia docente, no está entre las preferencias de los estudiantes, si bien en el ordenador no paran caóticamente de leer y escribir. El mismo desinterés cunde en otras actividades culturales antaño masivas: teatro, cine, conciertos de música clásica y recitales. Como Lipovetsky y Serroy comentan, el capitalismo y el placer consumista han derribado a la cultura literaria y artística del pedestal en que estaba: en ese espectro ambiental “lo insignificante tiene ya valor cultural” y las jerarquías que no hace mucho distinguían la cultura noble de la cultura de masas han desaparecido. Este es el mar de las tinieblas en que navegamos. Siempre habrá náufragos que mantengan la memoria del origen, siempre alguien se librará y cuando eso suceda, la verdadera cultura permanecerá como tabla de salvación. El libro de Lipovetsky y Serroy es una llamada de atención desesperada, una muestra nada exagerada de que nuestra civilización sufre una crisis de valores de grandes proporciones.

César Antonio Molina.  Escritor

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